
En 2008 me rejuré no hacer ninguna cosa de ninguna índole de gestión artística hasta que no estuviera terminado el texto sobre Rolando Alarcón. Algo alcancé a avanzar hasta que un amigo me dijo que quería hacer un ciclo de música en la Sala Telefónica (empresa donde él trabajaba),y ojalá con cosas de la raíz folklórica. Estábamos a mediados de 2008 y la modalidad del convenio más el "impulso" del que ya hemos hablado hizo que le pusiera la firma.
La cosa tuvo mutaciones varias hasta que llegamos a un ciclo de cuatro conciertos que finalmente contó con la presencia de Mario Rojas, Cuncumén junto a Chamal, Elizabeth Morris y Amaru. Para esa ocasión hice una alianza casi secreta con un viejo compañero de viaje y le pusimos el nombre de "Cantografía, sonidos chilenos". El nombre, que no era mío pero me pareció bastante bueno, después me enteré que fue un programa que había hecho Pedro Henríquez en la radio de la Chile, así que cobró una nueva significación, de homenaje a un referente en la comunicación popular.
Para este ciclo opté por darle un nombre al organizador, cansado de poner nombres distintos o no poner nada. Así que le pedí a esta amiga cofundadora autorización para traer a la tierra el nombre que teníamos para un colectivo que era un auténtico castillo en el aire. Así surgió "El Natre, Acción Cultural", con la idea de eludir a los calificativos de "Centro Cultural" o "Gestión Cultural", que podían significar la necesidad de un espacio físico o que se nos asociara a algo parecido a una productora o nos diera pretensiones institucionalizadas que no cuajan con el espíritu. El deslucro no lo permite.
Los conciertos tuvieron de todo pero fueron una experiencia valiosa, además de puntapié inicial adecuado, con gente con la que queríamos trabajar, admirados por nuestra parte y de un alto profesionalismo. Así el Natre se echó a andar definitivamente, con un buen sello.
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